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“En los próximos cinco años asistiremos a una verdadera revolución en el campo de los inoculantes biológicos”

Durante una estancia en Canadá, Alberto Bago se topó con una tecnología que sería revolucionaria: la creación de micorrizas in vitro. De vuelta a España, el investigador introdujo esta técnica como una nueva línea de trabajo que dio como resultado la que hoy por hoy es la única micorriza in vitro y en gel que existe en el planeta, cuya patente fue comprada por dos empresas, una española y otra estadounidense para comercializarla en todo el mundo.

Por Rodrigo Pizarro Yáñez, desde España.

Agricultores desencantados porque se habían gastado un dinero en una tecnología que no funcionaba como ellos querían. La confianza que había en las micorrizas en España en los años 90 y 2000 era cero, básicamente porque la calidad del inoculante era baja. Algo había que hacer y el grupo de trabajo que lideraba el investigador José Miguel Barea en la Estación Experimental Zaidín del CSIC, en Granada, se fue transformando en un centro de referencia mundial en el estudio de las micorrizas. Como integrante de ese grupo estaba Alberto Bago, que en 1994 partía a hacer un postdoctorado a Canadá. Allí se encontró que los científicos estaban trabajando con hongos promotores de micorrizas, pero a la vez identificó que había un problema. “Hasta hace poco era muy difícil hacer un inoculante que fuese realmente aplicable y aprovechable en grandes extensiones agrícolas, básicamente porque el hongo promotor de las micorrizas no puede vivir fuera de la raíz”, explica. Eso obligaba a que cualquier crecimiento de micorrizas se debía hacer en macetas o en grandes extensiones de terreno y, tras unos meses, el sustrato que se obtenía se recolectaba, se envasaba y se vendía.

Por llamarlo de un modo, esa era la ‘prehistoria’ de la obtención de micorrizas, y su aplicación en campo tampoco estaba exenta de inconvenientes. “Era muy engorrosa porque aplicar decenas o cientos de kilos de micorrizas en los campos era un trabajo laborioso que, por ejemplo, en Jaén, en Andalucía, los trabajadores debían ir olivo por olivo depositando ese sustrato micorrizado. Y esa aplicación, en muchos casos, tenía un valor económico más alto que el propio rendimiento de la micorriza.

No era el único inconveniente, porque cuando se fabrican inoculantes a cielo abierto, se conoce qué hongo es el que se utiliza como promotor de la micorriza, pero luego no se sabe si ese hongo puede estar contaminado por otro que no fuese beneficioso o si es que había algún tipo de microorganismo indeseado que fuese difícil de controlar.

BAGO Y CANO

“Una vez que se ha abierto la puerta de que esta tecnología puede funcionar, y está funcionando en diferentes países, los agricultores están mucho más abiertos a cualquier otra innovación en este campo”, dice Alberto Bago, en la foto junto a la investigadora del CSIC y co promotora de Mycovitro, Custodia Cano.

“Aunque había ciertas empresas que vendían micorrizas en sustrato, y de hecho, muchas continúan vendiéndolas hoy en día, en esos años esta tecnología no terminaba de convencer a los agricultores españoles”, recuerda el investigador. Y había dos motivos principales: no se conocía bien cómo funcionaba de manera óptima la simbiosis y algunos inoculantes no eran de buena calidad. “Eso ocasionaba que los resultados no fuesen los esperados, razón por la cual los agricultores desconfiaban de esta tecnología”, añade.

Había que dar un giro a una industria que sólo causaba recelo en el sector agrícola español. Y ese cambio empezó a gestarse cuando Bago partió a Canadá a realizar su postdoctorado. En la Universidad de Laval, en Quebec, estaban desarrollando una tecnología bastante innovadora para la época: el desarrollo de micorrizas in vitro. Por esos años, los científicos canadienses lo hacían en una placa de Petri, donde colocaban esporas de los hongos micorrícicos a unas raíces sin parte aérea y, en ciertas condiciones, se acoplaban bien formando una micorriza. “Esto fue una revolución en el ámbito de la investigación porque de no entender nada de los procesos bioquímicos y microbiológicos, e incluso estructurales de la micorriza en el suelo, pasamos a tener una herramienta fantástica”, explica.

MICORRIZAS IN VITRO, SIN PROBLEMAS DE CONTAMINACIÓN

Cuando Bago se reincorporó al CSIC tras su estadía en Canadá, en el mismo grupo estaba trabajando la investigadora Custodia Cano. “Yo introduzco esta técnica y Custodia ve de inmediato su potencial, sobre todo porque cuando las micorrizas se fabrican in vitro, en un laboratorio, no hay problemas de contaminación”, indica.

La idea pasó entonces por diseñar un inoculante que fuese muy concentrado y que tuviese una óptima calidad de inóculo, ya que sólo así se podía dar respuesta a lo que por décadas se andaba buscando. Tras cuatro años de investigación obtuvieron un prototipo de micorriza in vitro y en gel, incorporando por primera vez esta técnica en el desarrollo de micorrizas.
Antes de que España fuese duramente azotada por la crisis económica y se redujeran los presupuestos de investigación, un organismo como el CSIC impulsaba la creación de empresas de base tecnológica. Así es como se dio vida a Mycovitro, cuyos promotores fueron Bago y Cano. Una vez concluido el trabajo y tras dar con un producto totalmente novedoso: in vitro y en gel, éste fue patentado por el CSIC en 2005. “El CSIC nos animó a hacer un escalado de esta tecnología y ponerla en valor para que luego viniese una empresa más grande, comprase esta tecnología y la vendiese en todo el mundo”, explica.

– ¿Cuáles son las principales diferencias de este producto con lo que se venía fabricando hasta entonces?
– Al tratarse de una micorriza in vitro es ascéptica. Existen tecnologías que pueden certificar que en el producto que hemos desarrollado no hay ningún otro microorganismo contaminante presente en él. Es decir, que lo que actualmente están vendiendo las empresas que compraron la patente del producto es 100% micorriza, y hoy en día esto es importante en el mercado global. Otra diferencia entre ambas es la homogeneidad del inoculante. Una prueba muy fácil de demostrarlo es coger el producto in vitro, hervirlo en agua y hacer lo mismo con el producto en polvo mojable. Rápidamente se verá que el producto en polvo está en suspensión, pero si lo agitásemos, tardará dos a tres minutos en depositarse, mientras que el producto en gel siempre está en suspensión. Está diseñado para que sea homogéneo y al aplicarse vía riego tiene la misma cantidad de micorriza al inicio que al final. Además, la concentración de propágulos en una micorriza sólida no supera los 4.000 propágulos/ml, mientras que nuestro producto tiene una concentración de 50.000 propágulos/ml. Y eso sólo lo podemos conseguir porque se trata de un producto en gel, porque hay un tipo de propágulos llamados hifas infectivas, que sólo se mantienen vivos cuando hay una condición de humedad en el formulado y esas condiciones de humedad las da el gel. Si el producto no es líquido las hifas infectivas no están a gusto, revientan y mueren, pero el gel mantiene a este tipo de propágulos. A diferencia de años atrás, hoy existen productos de alta calidad, pero el nuestro tiene todos estos rasgos que la hacen totalmente diferente a lo que hay en el mercado.

– Y eso asegura la calidad a los productores.
– Claro, porque las regulaciones son cada vez más estrictas y es sumamente importante certificar aquello que realmente dice tener un producto. Esto, hoy en día es un tema mandatorio. Y a través de tecnologías podemos certificar que lo único que existe en este producto es el hongo promotor de micorrizas Rhizophagus irregularis, antes llamado Glomus intraradices.
– Siempre se ha dicho que las micorrizas funcionan igual de bien en todos los cultivos, ¿cuál es tu opinión al respecto?
– Mientras más específica es una micorriza, mejor es para el desarrollo de las plantas. Hemos ido desmontando la vieja teoría de que las micorrizas tienen un amplio espectro de actuación y que servirían para todo tipo de cultivos. En parte es cierto, pero nosotros paralelamente teníamos la idea de que un mismo hongo no se desempeña igual en diferentes condiciones, porque no tiene sentido que en Chile, donde hay una situación medioambiental particular, funcione bien un hongo que puede venir de España, y lo mismo puede pasar dentro de un mismo país.

– Al mismo tiempo que desarrollaron la tecnología, aislaron hongos de varios países para formar un banco de micorrizas de diferentes ecosistemas, ¿había diferencias entre ellos?
– Sí las había, por eso es que es importante segregar los hongos por zonas biocompatibles.

Así es como hoy trabajan en un proyecto con Hortifrut Chile para desarrollar una micorriza específica para los arándanos, que es una de las pocas plantas que no es no se puede micorrizar con endomicorrizas ni tampoco con ectomicorrizas. “En este trabajo con Hortifrut tenemos resultados fantásticos. El arándano se reproduce por esqueje y uno de los problemas más grandes que tiene la replicación es que tarda mucho tiempo en enraizar, pero en las pruebas que hemos hecho con estos nuevos desarrollos hemos logrado que el enraizamiento vaya tres veces más rápido que lo normal. No tenemos resultados definitivos aún, pero se están realizando los ensayos finales, donde además se está estudiando cómo afecta la micorrización a la calidad de los frutos. Creemos que les afectará mucho, positivamente hablando”, explica. En 2016 se espera tener las primeras cepas de hongos micorrícicos para arándanos locales, exclusivas para Chile y para desarrollar el negocio ecológico de este berry.

– ¿Podrían lograr entonces una micorriza específica para necesidades concretas de los productores?
– Aunque el nombre del hongo estrella es R. irregularis en realidad trabajamos con diferentes ecotipos que están adaptados a las necesidades de los clientes. Si viene un cliente y nos dice que quiere aplicar una micorriza, por ejemplo, propia de su viñedo, porque tiene una cepa especial y quiere un inoculante específico para su viñedo, sí, lo podemos hacer.

– ¿Continúan mejorando el producto que han desarrollado y que hoy se vende en varios países?
– Si comparamos cómo está la tecnología in vitro hoy a cómo estaba en sus inicios, cuando obtuvimos la patente, ha habido un salto importante. Si en un comienzo teníamos 2.000 propágulos/ml como iniciadores de la micorrización, hoy tenemos 50.000 propágulos/ml. Y de tener tiempos de esperas de incubación de entre seis meses y un año, hoy los hemos acortado a tres meses.

– ¿Y si hablamos de beneficios para los agricultores, por ejemplo, de rendimientos, qué se ha conseguido con esta tecnología?
– Los productores de fresa de California han logrado incrementos productivos de un 20% e incluso en algunos caso ha habido un adelanto de las cosechas. En Almería se están obteniendo tomates más sabrosos porque la micorriza es un equilibrante, es decir, se pueden gestionar mejor todos los elementos nutricionales de los frutos. También hemos visto una mejora en la vida de poscosecha de los frutos. Eso pasa porque si la planta está bien equilibrada, también lo estarán los frutos. Colegas de la Universidad de Lausana, en Suiza, y de la Universidad Nacional de Colombia han logrado aumentar en un 20% los rendimientos productivos de la yuca, un alimento esencial para los colombianos, pero también para cientos de millones de personas en el mundo.

– ¿Las micorrizas tienen también efectos fitosanitarios? Es decir, ¿hay estudios que demuestren un incremento de la resistencia a plagas y enfermedades?
– Casa vez hay más estudios que demuestran que eso es así. Por ejemplo, tenemos datos que protegen frente a nematodos y también que reducen la severidad de los síntomas en ataques por patógenos en general, como Verticillium dahliae, Fusarium y Armillaria, entre otros. En la actualidad colaboramos con un proyecto de investigación en el que se está demostrando que las micorrizas activan los sistemas de defensa de las plantas frente a patógenos, no sólo protegiendo a la raíz, sino a toda la planta, lo que se denomina defensa sistémica, que ayuda a reducir las pérdidas de producción. Es decir, las micorrizas se comportan como vacunas naturales que ayudan a la planta a defenderse por sí misma frente a patógenos.
La tecnología desarrollada por los investigadores del CSIC y promotores de Mycovitro ha abierto una puerta a una verdadera revolución en la fabricación de micorrizas, y que ayudará a dejar en el pasado la mala percepción que tenían los agricultores de estos productos. “Habrá grupos de investigación que continuarán fomentando su desarrollo en todo el mundo. De hecho, hay importantes grupos de científicos en Australia, EE UU, Suiza, España, Colombia, Chile, México… Estoy seguro que empresas italianas investigarán en este campo, pero es cierto que nosotros llevamos una ventaja, pero por supuesto que esto será una revolución global”, predice Bago.

– ¿Cuáles serán los próximos desarrollos de Mycovitro en este área?
– Uno de ellos es hacer consorcios microbianos, empleando otros microorganismos sinérgicos en la micorriza para que puedan dar un valor añadido al inoculante. En agricultura usamos las endomicorrizas, que cubren más del 95% de los cultivos agrícolas, pero nosotros queremos llegar al 100% y, para conseguirlo estamos trabajando en el desarrollo de otros productos también de base microbiológica, pero que no necesariamente sean de base micorrízica. Es decir, que sean equilibrantes de la rizósfera de origen estrictamente natural y microbiológico. Estamos obteniendo resultados bastante promisorios en esta área. Así cubriríamos el 100% de las plantas, porque hay algunas que no pueden usar las endomicorrizas y que son de un alto interés económico como los eucaliptos y los pinos. También en el ámbito agrícola, que es todo el trabajo que estamos desarrollando con Agrocode y Hortifrut Chile.

– ¿Y cómo ves el futuro de esta tecnología?
– Una vez que se ha abierto la puerta de que esta tecnología puede funcionar, y está funcionando en diferentes países, los agricultores están mucho más abiertos a cualquier otra innovación en este campo, principalmente porque se fían de una tecnología que está dando buenos resultados. Todo el esfuerzo que hemos hecho estos años servirá y, poniendo un plazo largo, creo que de aquí a cinco años asistiremos a una verdadera revolución en el campo de los inoculantes biológicos.

VENTAS EN TODO EL MUNDO

Al ser una spin-off que nació del seno del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Mycovitro es una empresa 100% tecnológica. “Aquí desarrollamos tecnologías que luego se pueden vender en todo el mundo a través de otras empresas. Por decirlo de otro modo, somos ratones de laboratorio, no vendedores”, apunta Bago.

Por ello es que la tecnología de micorriza in vitro y en gel que desarrollaron y que patentó el CSIC fue comprada por dos empresas que se encargan hoy en día de venderla. La primera en hacerlo fue la firma estadounidense Reforestation Technologies International (RTI), que tiene la licencia para EE UU, México y Canadá. Y sólo unos meses después vendieron otra licencia al grupo español Kimitec, que tiene presencia en 43 países, y que vende el producto en el resto del mundo a través de su empresa Agrocode. “El presidente del Grupo Kimitec, Félix García, nos vio en una charla que hicimos. Se acercó y nos dijo que buscaba una tecnología como la que habíamos desarrollado y que no sabía que la tenía al lado”, recuerda el investigador. Hoy el producto se comercializa bajo dos nombres. RTI lo vende como Mycos-Gel y Agrocode como Mycogel.